Gigolos

Una curiosa noche con gigolos

Hacía tiempo estaba sola. Me había separado hacía unos años y había enfocado mi vida en mi profesión, dejando a un lado el sexo.

 Tenía una hija de veinte años que vivía conmigo y teníamos una muy buena relación. Mi hija, Verónica, siempre me decía que debía salir más, conocer hombres, abrirme a nuevas experiencias ya que apenas había pasado los cuarenta años y tenía derecho a disfrutar del sexo tanto como ella o cualquier otra persona.

 El día en el que cumplía cuarenta y dos años Verónica había decidido hacerme un regalo muy especial. Se había tomado su tiempo para organizar las cosas y había contratado, sin que yo lo supiera, los servicios de dos increíbles gigolos para que tuviera una noche inolvidable.

 Esa misma noche, cenamos con Verónica. Pasamos un momento agradable y ella me dijo que tenía para mí un obsequio muy especial.

 Había contratado los servicios de unos gigolos muy sexis y había rentado un cuarto de hotel para que yo me abandonara al placer y pasara una noche de lujuria donde me encontraría nuevamente con mi sexualidad.

 Al principio, no sabía que decir. Nunca pensé que mi hija iba a contratar gigolos para entretener a su madre, me resultó gracioso. Sin embargo, e la estaba muy seria, realmente hablaba en serio.

 Apenas me dibujé la imagen mental, comencé a cambiar de idea. Nunca había estado con gigolos y era cierto que me había olvidado de mis deseos sexuales y de lo bien que se siente abrirse y disfrutar plenamente el sexo.

 Además no era solo uno, eran dos gigolos y yo nunca había estado con dos hombres, lo que podía resultar, sin lugar a dudas, una experiencia memorable.

 Le agradecí a Verónica su peculiar obsequio, ella anotó en un papel la dirección del motel y me dijo que a las once de la noche llegarían los gigolos que había contratado, ya estaba todo arreglado.

 Me vestí muy sensual, tomé mi coche y fui al encuentro de los gigolos en un motel algo alejado de la ciudad.

 Una vez en el cuarto, a las once en punto de la noche, la recepcionista del hotel me avisó que me buscaban y le dije que hiciera subir a los gigolos.

 Debo decir que fue el mejor regalo de cumpleaños que tuve en mi vida. Jamás pensé que una doble penetración podría ser más placentera.

 Tuve sexo salvaje con los gigolos que mi hija había escogido especialmente para mí, pero un sexo salvaje, lujurioso, donde la pasión y el deseo me permitieron que hiciera absolutamente todo aquello que nunca había hecho con esos increíbles gigolos. Jamás olvidaré esa noche.