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Mara y el desconocido

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El abrió la puerta con urgencia mientras tomaba a Mara de la mano.  El había insistido en ir a un motel y ella, sin decir palabra, aceptó.

Una vez en el cuarto, Mara encendió la lámpara. Él la tomó por la cintura, mientras los senos de ella rozaban su torso.

 Jorge comenzó a besarla apasionadamente mientras con sus manos recorría el delicioso cuerpo de Mara, quien sentía deseos de quitarse la ropa, aunque no podía explicar por qué se sentía de este modo con Jorge.

 Ambos cayeron sobre la cama, Mara tenía sus piernas abiertas y la falda levantada. Jorge comenzó a desabotonarse el pantalón con prisa, mientras mara se despojó de sus top dejando sus bellos pechos al descubierto.

 Jorge tomó sus pechos con sus manos, los lamió, pellizcó y mordisqueó con deseo mientras la entrepierna de Mara se empapaba con sus fluidos a causa del placer y el deseo que la embriagaba.

 Los dedos de Jorge se escurrieron por la vagina cálida y húmeda de Mara y él comenzó a hacer presión de arriba hacia abajo, luego en forma de círculos mientras con su lengua continuaba lamiendo los pechos de Mara.

 Ahí hizo presión  una y otra vez sobando de arriba abajo, luego a los costados y en círculos, mientras su lengua seguía jugando con sus senos.

 Momentos después, ambos rodaron al suelo y Jorge comenzó a penetrarla fervorosamente. Generalmente Mara nunca disfrutaba con sus clientes. Por lo general eran viejos desagradables que se corrían a los pocos minutos, olían a alcohol y tenían una panza enorme. Era muy raro lo que sentía con Jorge.

 Hasta llegó a pensar que era injusto que Jorge pagara por ello cuando la que estaba gozando más que nadie era ella.

Mientras  Jorge empujaba su miembro con fuerza hacia el interior de Mara y el sonido de las embestidas al chocar los muslos fue incrementado progresivamente. Mara no podía evitar gemir, gritar y suspirar de placer.

 La penetración se descontroló alcanzando un ritmo acelerado incontrolable, Jorge no pudo resistir mucho más y comenzó a eyacular…

 Minutos después, ambos miraban hacia el techo. Mara sentía una increíble paz y raras emociones la invadían.

Se volteó hacia Jorge y le dijo:

— Haces muy bien el amor.

— Esto sí que es sexo— Dijo Jorge con serenidad.

— Ya debo irme, musitó Jorge.

—    Bien ¿qué esperas para pagarme? —  Inquirió ella.

Jorge sacó su billetera del pantalón y le entregó a Mara la suma acordada.

—Muchas gracias. —  dijo María.