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Diversión en la azotea

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Era  un caluroso día de verano cuando sobre una azotea Julia iniciaba sexualmente a un joven adolescente luego de haberlo sorprendido masturbándose.

 El joven subió el muro como lo hacía habitualmente, pero en esta oportunidad para hacerlo con una mujer. Al llegar al umbral encontró sobre una cama el obeso cuerpo de Julia tendido sobre la cama.

 Julia se había bajado el pantalón dejando al descubierto sus enormes y blancos muslos. El joven tomó posición y lo único que se oyó  a partir de ese momento eran los  gemidos excitados de la gorda  que se estremecía ante el contacto de la piel con el joven.

 Julia jamás había sentido placer tan inmenso, ni siquiera cuando era soltera y mucho menos con su marido, quien por aquel entonces ya comenzaba a impacientarse ante su ausencia pues era muy celoso.

 Julia le indicaba al joven lo que debía hacer. Le pidió que acariciara sus tetas y que introdujera su miembro erecto en su vagina.  Para ello Julia se recostó boca arriba, abrió bien sus piernas, tomó el pene del joven y lo acomodó en la entrada de su vagina rosada y totalmente depilada.

 Él cerró los ojos y empujó con fuerza hacia adelante mientras sentía la vagina apretada de Julia que exprimía y presionaba su pene quitándole sus primeros jugos y dándolo un placer sin igual.

 Julia estaba algo apurada ya que su marido notaría su ausencia y comenzaría a impacientarse, por ello no quería perder más tiempo y apresuró al joven haciéndolo estallar en un gran orgasmo mientras le decía:

-Apúrate precioso, moja todo mi coñito con tu leche, quiero hasta la última gota dentro de mí…

Mientras pronunciaba estas palabras, Julia gemía de placer haciendo que el joven que la penetraba se sintiera importante y poderoso. Él comenzó a besarla apasionadamente perdiendo toda timidez, se concentró en sus labios, sus pechos enormes y su coño rosado que estaba caliente y empapado de deseo.

Esta reacción hizo que Julia se excitara de un modo que desconocía, perdió por completo la noción del tiempo, se olvidó de su marido, de su ausencia, de su prisa. Ya nada se interponía entre esos dos cuerpos entregados a la lujuria, al placer.

 Solo bastaba la mirada furtiva de dos ojos ávidos y de dos cuerpos que disfrutaban de la mezcla de dolor y placer adecuada, entregándose por completo a esta nueva pasión, que ambos aprendían y gozaban…