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Campamento caliente

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En una oportunidad decidí ir de campamento con un grupo de conocidos y ya durante el viaje establecí amistad con un amigo que se llamaba Arturo.

 La verdad es que desde el inicio del viaje me sentí atraída por Arturo. Era alto, te tez morena, ojos grandes con una mirada penetrante y un cuerpo torneado y musculoso.

 Luego de una par de noches en el campamento, cuando todos dormían,  invadida por la ansiedad y el deseo, volteé para ver que hacía Arturo. Mi intención era despertarlo para conversar un rato, aunque mi plan se vio truncado, pues al verlo, pude notar que él tenía la erección típica de hombre cuando duerme.

 El simple hecho de verlo así hizo que me excitara de una manera increíble. No podía dejar de observarlo, mientras luchaba con mis pensamientos que me decían que lo tocara. Quizás al estar dormido, no se daría cuenta de lo sucedido.

 Pudo más el morbo y el deseo y; casi sin darme cuenta ya tenía mis manos posadas sobre su bulto. Mi excitación fue aún mayor al comprobar que su miembro era realmente enorme y apenas lo sentí, quité inmediatamente mi mano de su entrepierna pensando que quizás estaba cometiendo un error.

 Al quitar mi mano de su miembro, Arturo abrió los ojos y me dijo:

— ¿Cómo se siente?

—    Se siente enorme le respondí sin siquiera pensarlo.

—    Y eso que es arriba del pantalón  susurró en mi oído.

 Luego de estas palabras, Arturo sacó su miembro por afuera del pantalón. Me quedé sin palabras, totalmente anonadada, estaba a mil y decidí dejarme llevar por la situación del momento.

Lo primero que hice fue mirar hacia ambos ladas para asegurarme de que todos estaban dormidos y; al comprobar que todos descansaban profundamente, me agaché sobre él y comencé a mamársela.

 Su polla era tan deliciosa que no podía dejar de chuparla. Pasaba mi lengua desde su capullo hasta los testículos, primero suavemente y luego, invadida por la desesperación metía su pene en mi boca bien adentro hasta tragarlo por completo, luego lo sacaba y volvía a repetir la acción.

 Luego comencé a masturbarlo con  mi mano, lo hacía con mucha dedicación intentando darle lo mejor de mí y sin dudas, a juzgar por los gemidos entrecortados de Arturo, lo estaba haciendo muy bien.

 Arturo no paraba de gemir así que fui aumentando la intensidad de mis caricias subiendo y bajando mi mano por su miembro a un ritmo cada vez más acelerado.

 Luego de un largo rato, Arturo ya no pudo contenerse y se corrió en mi mano lanzando un gemido que despertó a casi todos los compañeros que estaban durmiendo.